Apocalipsis Robot

Por: Luis M. Ariza | 03 de febrero de 2013











Créditos.Columbia Pictures/C2pictures (Terminator) y Doubleday





Steven Spielberg, después de Lincoln, se dispone a dirigir una película apocalíptica donde los robots se sublevan contra los humanos. Robopocalypse. Este genio comentó en Madrid que estaba dándole vueltas al guión, basado en el best-seller del mismo título de un roboticista americano, Daniel H. Wilson, que se doctoró en el instituto de robótica Carnegie Mellon, en Pittsburg (Pensilvania). Todavía no he tenido tiempo de leerla, pero me apuesto lo que quieran a que en el argumento se transgreden las tres leyes de la robótica, inventadas por uno de mis mentores, Isaac Asimov. A saber:

1. Un robot no puede herir a un ser humano o permitir, por inacción, que éste resulte herido

2.Un robot debe obedecer las ordenes de un ser humano excepto si éstas entran en conflicto con la primera ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia excepto si entra en conflicto con las dos primeras leyes.

Vale. Como amante de la ciencia ficción y del cine, con los temores escondidos en mi memoria acerca de que si en el futuro los robots adquirirán consciencia y nos exterminarán, me llevé un chasco fenomenal cuando visité con un equipo de RTVE el instituto Carnegie Mellón, allá por 2000, para realizar un capítulo sobre robótica para la serie 2.Mil.

Aquello resultó un desastre, una cacharrería. El famoso coche autónomo que se suponía conducía solo tenía un tipo detrás que corría presuroso controlándolo por un cable. El famoso robot Xavier que era un cilindro que se colaba por los departamentos contando chistes verdes se le agotaban las pilas a los veinte minutos. Y la enfermera robótica Florence, supuestamente un prototipo de asistencia a los más ancianos, era lo más torpe que he visto en mi vida: costó Dios y ayuda programarla para que nos saliera al paso y nos saludara.

En suma, aquel viaje fue a la prehistoria de la robótica. Hablamos con Hans Moravec, un visionario que nos


cautivó con su calendario en el que los robots se harían progresivamente más inteligentes. Nos aseguraba que en menos de cuarenta años, y debido a la rapidez de la computación, los robots tendrían mentes equivalentes a los humanos y que pasado ese tiempo, nos las veríamos con un robot que acumularía mucha más inteligencia que toda la humanidad. Ellos son nuestros descendientes, y Moravec no dudó en afirmar ante nuestras cámaras que "ha llegado la hora de que nos marchemos". Bien, diez años después, Moravec ha fundado una compañía que trabaja en robots industriales de carga, armados con un láser, capaces de reconocer sus caminos por las rutas previamente programadas dentro de los almacenes. Es un gran logro, pero con todos mis respetos, bastante poco excitante.

El cine se ha anticipado a toda esta revolución. En Planeta Prohibido, Robby era un robot capaz de fabricar cualquier cosa –incluso botellas de whisky para astronautas borrachines–y estaba programado para no disparar a los humanos: la perfecta mascota de Asimov. Pero a partir de los años cincuenta, los robots se tornaron mucho más siniestros, más cabreados. En La Creación de los Humanoides, en 1964, el héroe descubre al final que no es humano, sino una rèplica perfecta de metal, reproduciendo así los temores que nos asaltan, nuestra humanidad hecha metal y engranajes, como nos recuerda la escritora Susan Sontag.

También los robots tienen una obsesión por ser lo más humanos posibles. Y eso, según el cine, es porque quieren sustituirnos. En Odisea 2001 no nos acordamos de los nombres de los actores, pero sí del ordenador HAL que asesina a todos los astronautas en cuanto se ve amenazado. A los fans de Star Trek hay que recordarles que Data, el androide de la tripulación del Enterprise interpretado por el excelente actor Brent Spinner, que es fiel a los humanos, de vez en cuando se le cruzan los cables y muestra un lado oscuro irresistible. En las películas de Terminator, el sistema skynet adquiere consciencia y decide exterminar a los humanos cuando éstos intentan desconectarlo. Y en Robopocalypse de Spielberg...bien, habrá que esperar algo parecido.

Pero tomen nota. Los robots pueden llegar a ser muy listos, ganarnos al ajedrez y a calcular con tanta rapidez que hace que nos sintamos como si nos multiplicasen por cero, como dice Bart Simpson. Pero son torpes.

Increíblemente torpes. Si uno de esos robots asesinos viene a por usted, póngale una escalera en medio. El tortazo será antológico.